Lo que sigue a continuación fue un hecho que marcó mi vida. Mejor dicho mi otra nueva vida, pues desde ese acontecimiento, mi concepto hacia la vida, cambiaría para siempre. Ocurrió después de darme cuenta en lo que me había convertido. Observé como la herida que me producía la quemadura de aquella daga clavada en mi mano, se cerraba en unos segundos. Mis uñas eran largas y puntiagudas; tenía dos colmillos bien afilados, los ojos rojos y una sed tremenda por beber sangre humana. Era un vampiro.
El hecho es que decidí seguir a la joven que me había lastimado. Ella se internó en lo más profundo del bosque. Aun así, pude encontrarla. Había caído en un hoyo en la tierra, de esas que se hacen para engañar y atrapar animales grandes. Su pierna se lastimó por la caída. Y yo estaba ahí, presto para socorrerla o matarla, mientras yacía incapaz de levantarse por sí misma y con los ojos fijos en mí.
-¿Por qué me atacaste con esa daga?-le dije mientras me disponía en abalanzarme sobre ella.
-No le temo a la muerte. No te tengo miedo. Tú ni siquiera eres lo que busco.
-¿A quién buscas?
Me miraba de una manera extraña. Una mirada que no expresaba temor a la muerte. Todo lo contrario; se trataba de una de esas miradas de alguien que está preparada para morir en cualquier momento. No me contestaba. Entonces bajé junto a ella, la sujeté del cabello hermoso que tenía con tanta fuerza hasta el punto de temer que le arrancase la cabeza debido a la brutalidad que ejercía. La cuestión es que no conocía la magnitud de mis poderes, todavía. Y fue allí, cuando no deje escapar la oportunidad de darle el fatídico beso del vampiro.
Pude saborear su sangre. Sentirla recorrer por mi cuerpo y formar parte de mí. Pero sus ojos seguían intactos. ¿Acaso ella esperaba a que yo hiciera tal despiadada hazaña?, ¿quería probarme? Sin embargo; cuando la mordí, pude ver toda su vida reflejada en mi mente a una velocidad parecida a la de un relámpago, era como leer un libro abierto. De repente me detuve. Ya no podía soportar lo que mis ojos vampíricos veían. La solté. Y ella empezó a desangrar tan rápido que apenas tenía fuerzas para tratar de alejarse a arrastras por el suelo.
- No sé quién seas, pero tú sangre es la primera que bebo desde que me transformaron en vampiro. Vampiro...vampiro... Eso es lo que soy. Necesito de ti. No te vayas.
La mujer no podía hablar. Estaba agonizando lentamente. Fue justo en ese momento, en el que me acerqué a ella y escuché la voz de aquella dama misteriosa diciéndome:
-Dale de beber tú sangre y ella se salvará.
No quería verla sufrir como a mi Anna. De alguna manera, la joven me recordaba mucho a mi gran amor y la idea de verla morir delante de mí nuevamente, se tornó insoportable.
-Te daré de beber mi sangre y te salvaré.
La tomé en mis brazos, me hice una herida en la muñeca con mis dientes enormes y le dí de beber mi maldita sangre vampírica.