Lourdes era lo que para los antiguos sería una principiante en el mundo de lo oscuro. Aclaro que yo también lo era. De hecho, solamente nos llevábamos una noche de diferencia. Sin embargo, las circunstancias en las que nos convertimos en vampiros, fueron muy distintas.
Yo tuve la particularidad de no recordar nada. Ni mi nombre, ni quién era o de dónde provenía. En cambio, ella parecía que sí. Ya que por sí misma, fue capaz de llegar junto a los suyos. En dónde todos la recibieron con agrado, a diferencia mía, que no tenía a nadie, pues todos mis seres queridos habían muerto por causa del consumo. Aquella maldita enfermedad se los llevó hasta al último. Y por alguna razón extraña, sentía que Lourdes podía ser lo más cercano a un ser querido. Como si fuera que los demonios de la noche pudiésemos llegar a querer. Que idea más absurda tenía yo. No cabe duda, que una parte de mí, seguía apegado a las emociones humanas.Trepé las paredes de la casa con tanta facilidad como lo hace una lagartija y me asomé a la ventana de la habitación. Vi a los dos jóvenes junto a la pobre madre que cargaba en sus pechos el cadáver de su hijo mayor. Mujeres llorando desconsoladamente. Un criado que intentaba tapar el cuerpo con una sábana blanca, pero al ver que la mujer no lo soltaba de sus brazos, se abstuvo de hacerlo. La escena me trajo viejos y tristes recuerdos. De cuando perdí a mis hermanos, a mis padres y a mi amada. A todos los había cargado de la misma manera y luego llorado sobre sus tumbas. Por supuesto, que a la que vine a buscar ya no estaba más allí. Escapó sin dejar otro rastro más que la de su hermano muerto.
No podía haber ido muy lejos. Decidí recorrer el pueblo con el disfraz que llevaba. De esa forma, tal vez la encontraría sin el riesgo de que ella lo haga primero y decidiera huir al verme. Durante mi recorrido me fijé en cosas que antes jamás pude. Y tuve la curiosidad de probar esas cosas, que cuando fui mortal no podía. Una de ellas, eran los burdeles. Estaba loco. Con Lourdes libre y haciendo lo que le plazca, matando inocentes a diestra y siniestra, y la dama misteriosa, apareciendo y desapareciendo cada vez que se le antoje. A todo esto, me causó risa la desvariada idea que tenía de entrar en un prostíbulo.
La noche llegaba a su fin. Por lo que me concentré más en buscar un sitio donde descansar y dejé mis futuras diversiones para otro momento. Me instalé en una vieja torre abandonada, cerca del cementerio. Pensé que la hallaría en un lugar como ese, pero no. Esa vez, no dormí como lo hice en el bosque, pues conseguí un féretro. Aquello resultó ser una sugerencia de mi maestra vampira mientras estábamos afuera de la taberna. Me dijo que para la próxima vez, busque uno de esos ataúdes para estar más cómodo y seguro durante el día. A decir verdad, terminé añorando un poco el estar cubierto por tierra húmeda y arbustos. Louis fue enterrado esa misma mañana. A unos metros de mi sitio de descanso. El padre pronunció algunas palabras en latín. Palabras que no entendía. Luego sobrevino el sonido de las palas y de hombres cavando una tumba. Toda la familia y amigos presentes para despedir, quizás, al más noble de los nobles. Entre lamentaciones y acongojo, vino llegando uno de los criados con una carta. El sujeto que venía a todo galope, bajó de su caballo y rápidamente se acercó al joven Frederick.
Frederick tomó con dudas la carta .
-¿Una carta para mí? ¿Estás seguro? ¿Quién te la dio?
-¿Una carta para mí? ¿Estás seguro? ¿Quién te la dio?
- No le puedo decir, mi señor. En cuanto lea lo que dice adentro, sabrá de quién se trata. La persona que me pidió que le entregara la carta, no quiso revelar quién era. Lo cierto es que llevaba puesto una máscara. ¿Piensa abrirlo ahora?
Mientras las personas se retiraban del cementerio. Frederick decidió abrir y leer la carta. Tal sería la sorpresa y el entusiasmo en su rostro al ver su contenido. Inmediatamente, ordenó al criado que tuviera a su mejor caballo listo para cuando el sol se oculte.








