La Batalla de las Mil Noches: Luz y Oscuridad - Mortalidad e Inmortalidad

jueves, 29 de diciembre de 2011

La Dama Misteriosa IX

Lourdes era lo que para los antiguos sería una principiante en el mundo de lo oscuro. Aclaro que yo también lo era. De hecho, solamente nos llevábamos una noche de diferencia. Sin embargo, las circunstancias en las que nos convertimos en vampiros, fueron muy distintas.  


Yo tuve la particularidad de no recordar nada. Ni mi nombre, ni quién era o de dónde provenía. En cambio, ella parecía que sí. Ya que por sí misma, fue capaz de llegar junto a los suyos. En dónde todos la recibieron con agrado, a diferencia mía, que no tenía a nadie, pues todos mis seres queridos habían muerto por causa del consumo. Aquella maldita enfermedad se los llevó hasta al último. Y por alguna razón extraña, sentía que Lourdes podía ser lo más cercano a un ser querido. Como si fuera que los demonios de la noche pudiésemos llegar a querer. Que idea más absurda tenía yo. No cabe duda, que una parte de mí, seguía apegado a las emociones humanas.

Trepé las paredes de la casa con tanta facilidad como lo hace una lagartija y me asomé a la ventana de la habitación. Vi a los dos jóvenes junto a la pobre madre que cargaba en sus pechos el cadáver de su hijo mayor. Mujeres llorando desconsoladamente. Un criado que intentaba tapar el cuerpo con una sábana blanca, pero al ver que la mujer no lo soltaba de sus brazos, se abstuvo de hacerlo. La escena me trajo viejos y tristes recuerdos. De cuando perdí a mis hermanos, a mis padres y a mi amada. A todos los había cargado de la misma manera y luego llorado sobre sus tumbas. Por supuesto, que a la que vine a buscar ya no estaba más allí. Escapó sin dejar otro rastro más que la de su hermano muerto.

No podía haber ido muy lejos. Decidí recorrer el pueblo con el disfraz que llevaba. De esa forma, tal vez la encontraría sin el riesgo de que ella lo haga primero y decidiera huir al verme. Durante mi recorrido me fijé en cosas que antes jamás pude. Y tuve la curiosidad de probar esas cosas, que cuando fui mortal no podía. Una de ellas, eran los burdeles. Estaba loco. Con Lourdes libre y haciendo lo que le plazca, matando inocentes a diestra y siniestra, y la dama misteriosa, apareciendo y desapareciendo cada vez que se le antoje. A todo esto,  me causó risa la desvariada idea que tenía de entrar en un prostíbulo.

La noche llegaba a su fin. Por lo que me concentré más en buscar un sitio donde descansar y dejé mis futuras diversiones para otro momento. Me instalé  en una vieja torre abandonada, cerca del cementerio. Pensé que la hallaría en un lugar como ese, pero no. Esa vez, no dormí como lo hice en el bosque, pues conseguí un féretro. Aquello resultó ser una sugerencia de mi maestra vampira mientras estábamos afuera de la taberna. Me dijo que para la próxima vez, busque uno de esos ataúdes para estar más cómodo y seguro durante el día. A decir verdad, terminé añorando un poco el estar cubierto por tierra húmeda y arbustos.

Louis fue enterrado esa misma mañana. A unos metros de mi sitio de descanso. El padre pronunció algunas palabras en latín. Palabras que no entendía.  Luego sobrevino el sonido de las palas y de hombres cavando una tumba. Toda la familia y amigos presentes para despedir, quizás, al más noble de los nobles. Entre lamentaciones y acongojo, vino llegando uno de los criados con una carta. El sujeto que venía a todo galope,  bajó de su caballo y rápidamente se acercó al joven Frederick.

-Esta carta es para usted, joven Frederick. 

Frederick tomó con dudas la carta .


-¿Una carta para mí? ¿Estás seguro? ¿Quién te la dio?

- No le puedo decir, mi señor. En cuanto lea lo que dice adentro, sabrá de quién se trata. La persona que me pidió que le entregara la carta, no quiso revelar quién era. Lo cierto es que llevaba puesto una máscara. ¿Piensa abrirlo ahora?

Mientras las personas se retiraban del cementerio. Frederick decidió abrir y leer la carta. Tal sería la sorpresa y el entusiasmo en su rostro al ver su contenido. Inmediatamente, ordenó al criado que tuviera a su mejor caballo listo para cuando el sol se oculte.











viernes, 23 de diciembre de 2011

La Dama Misteriosa VIII


Aquel beso lascivo me ordenaba que hiciera algo que no quería. Destruir a quién di vida, a quién salvé de la muerte y a quién amaba. Todo eso significaba para mí. Debía hallarla primero. Antes de que la dama empezara a desconfiar de mí.

Durante todo el tiempo que aguardaba a que los dos jóvenes salieran de la taberna, mi progenitora permanecía a lado mío. Me dijo que ya no pertenecíamos al mundo de los vivos, tanto ella como yo estábamos muertos, pero muertos-vivos. Según cada región, teníamos varios nombres. Por lo general, nos llamaban vampiros. Nuestra imagen no se refleja en los espejos, ni en los ríos. Podemos leer la mente de los mortales, ver  los recuerdos de sus vidas en un instante y lo más importante de todo, alimentarnos de su sangre. También, poseemos una fuerza y una velocidad sobrenatural que supera lo conocido por el hombre. La juventud eterna es nuestra más preciada condena.

Mientras me hablaba sobre otros que son como nosotros y las debilidades de nuestra especie, Edward y Frederick salían del lugar de tragos. De tan ebrios que estaban, no podían subir a los caballos. Entonces me hice pasar por un auriga y les dije que los llevaría hasta sus hogares sin cobrarles una sóla moneda. Los muchachos accedieron, mi dama ya había desaparecido y la noche silenciosa se prestaba para el más horrendo de los crímenes.

Ninguno de los dos entabló conversación alguna durante todo el camino. Me confortaba el hecho de que aquel que me confesó su amor hacia Lourdes, no me reconociera. Llevaba puesto una capa negra que me cubría casi todo el cuerpo, con un sombrero de pico más grande que mi cabeza y una de esas  máscaras de carnaval al estilo veneciano. Sin embargo, mi extraña rudimentaria no parecía causarles algo raro a mis clientes, más aun considerando el estado etílico en la que se encontraban. Finalmente, luego de media hora de trayecto, llegamos a la casa. Se trataba de una de esas casas de familia pudiente, en dónde pude constatar su nivel económico al ver a la criada que los aguardaba en la puerta. La mujer tenía un aspecto cadavérico, me sorprendió que no fuese una de los nuestros. De cierto modo, me causaba un tipo de espanto.

Bajé a los dos de la manera más cuidadosa que pude. La criada se me acercó bastante alterada. Algo desagradable había ocurrido y lo pude ver a través de sus ojos lacrimosos. Me metió un empujón y abrazó a los jóvenes que no entendían tanta exaltación al principio, después de un rato, sus rostros cambiaron radicalmente. Entonces, la tragedia se desató en aquella casa. Uno de los miembros de la familia murió. El hermano mayor de Lourdes fue asesinado.

Me limité a esperar a que las cosas se calmaran un poco más. Escuchaba perfectamente el llanto de las mujeres, los gritos de una madre desconsolada tras la partida de un hijo y la impotencia de los amigos que se reflejaba con un golpe de puño contra la pared. El cuerpo de Louis  yacía sin vida sobre la cama de su pequeña hermana, a quién quería y protegía tanto. Los que lo vieron por última vez, dijeron que estaba tan feliz porque Lourdes regresó, que apenas se enteró de ello, salió a las calles y le compro un regalo. A la vuelta, subió a su alcoba, y luego de unas horas, se encontraba muerto y con el cuello roto .

- No imaginé la magnitud de sus poderes y de su crueldad. Mató a su propio hermano para satisfacer su apetito. Tengo que detenerla, antes de que sea demasiado tarde. 










miércoles, 7 de diciembre de 2011

La Dama Misteriosa VII

Recordé mi nombre, Darren, pero sólo eso. Lo que hice después,  fue enterrar al pobre hombre y a su hijo, en aquella fosa que sirvió de escondite para mí y mi hija discípula. Sabía que ella no podía estar lejos. El olor a sangre en el bosque seguía siendo fuerte y fresco. Tenía que encontrarla a como dé lugar.

Había matado sin piedad a una mujer y a un niño recién nacido, mientras el hombre que escapó con el cuerpo sin vida del último, simplemente, prolongó el momento de su muerte hasta encontrarse con el otro monstruo que lo finiquitó. Es extraño, sentía a Lourdes como parte de mí, de hecho, ya era parte de mí. Yo la procreé.

Llegué a un pueblo y entré en lo primero que pensé donde podría averiguar algo: una taberna. Tenía puesto el traje del viajero, con uno de esos sombreros de punta en la cabeza, por lo que podía pasar desapercibido como un mortal más del montón. Vino a mi memoria el detalle de que nunca estuve en este tipo de lugares, pues siempre fui un muchacho enfermizo, débil y al cuidado de otros. Ver a hombres tomar, felices y con buena compañía, me hizo sentir que mi vida anterior fue de lo más aburrido. Sin embargo; no estaba más para esas cosas. Mi nueva vida, si es que se le puede llamar así, me exigía otro tipo de vicio: la sangre.

Me acerqué a la mesa dónde se hallaba uno de esos tres hombres que estaban en el bosque buscando desesperadamente a la muchacha. Se trataba del más joven, Frederick. Parecía un sujeto muy tímido, de esos que le cuesta expresar lo que siente. Todo el tiempo se mostró muy amable, atento a mis preguntas y presto a facilitarme toda la información que necesitaba. No fue difícil descubrir que siempre estuvo enamorado de Lourdes, lo leí en su mente. 

-No bebes como el resto de los que están aquí.

-Yo no tomo. Ni sé porque estoy aquí. Creí que me haría bien venir a éste lugar.-dijo Frederick con lágrimas en los ojos.

-Veo que te estoy molestando. Me retiro entonces. 

-No. No me hagas caso. Por cierto, ¿quién eres? Tú no tomas tampoco. No soy el único por lo visto.-El chico recuperó la sonrisa en su rostro.

Le dije que quería saber todo lo relacionado con la muchacha que desapareció, la que el amaba en secreto, las historias sobre una dama vestida de negro que se rumorea merodea el bosque y mata a todos los que cruzan el sendero. No respondí quien era. La charla que tuvimos fue sobre su vida, que desde niño siempre estuvo apegado a Lourdes, pero que cuando apareció Edward todo cambió. En eso, viene entrando él a la taberna anunciando en voz alta la noticia que hizo que mi presencia en ese sitio no haya sido en vano:

-¡Ha vuelto! Lourdes, mi prometida regresó. Sana y salva. ¡Hombre, sirve el mejor vino para todos, la cuenta va por mí!

-Es Edward. No puedo creerlo, Lourdes volvió. Tengo que ir a verla.

Frederick se acercó a Edward. Por lo que alcance a escuchar, ella estaba bien. Lo encontró en las afueras del pueblo y ahora estaba descansando en su casa. Mi oportunidad llegó. Sólo tenía que seguir a los dos jóvenes hasta su recinto particular. 

-Ven Edward. Hay un sujeto que quiero que conozcas, estuvo preguntando sobre Lourdes todo el tiempo. No sé quién es. Tal vez lo conozcas. Se fue. Ya no está.

Apenas oí a Frederick  decir eso, desaparecí. Ya tenía lo que vine a buscar. Era cuestión de tiempo para encontrarla. Estaba afuera de la taberna, cerca de los caballos, esperando a los dos a que salieran para poder seguirlos. Cuando de pronto, apareció delante de mí. La dama misteriosa se acercó, me acarició el rostro y me besó en los labios.

-Eres tú. La que me convirtió en esto. Necesito que...

Puso un dedo en mis labios para que no hablase. Y dijo lo siguiente:

-Darren, esposo mío. Destrúyela, destruye a Lourdes. Y nos iremos de aquí sólo los dos. Sólos. Te prometo que no te abandonaré. -Y me besó nuevamente. 






jueves, 1 de diciembre de 2011

La Dama Misteriosa VI

Conocía a esos tres. Los había visto en la mente de aquella muchacha. Sabía quiénes eran. Edward, su prometido, Louis, su hermano mayor y Frederick, su amigo de la infancia. Todos hombres de bien y de buena familia. Ella por su parte, era la menor de cinco hermanos, de los cuales tres habían muerto por causas que no pude divisarlas en esa vorágine de recuerdos. De pronto, me encontré sumergido en un profundo sueño. Y lo último que escuché fue que no descansarían hasta hallarla, aún si eso implicaba buscarla durante toda la noche.

Desperté. Y tal fue mi asombro cuando vi que ya no estaba. Su cuerpo había desaparecido. Lo más extraño de todo es que la tierra fue removida, pero no desde afuera, sino desde adentro. ¿Es eso posible? De ser así, sólo existía una explicación. Así que decidí salir a buscarla.

La niebla trajo consigo a la primera víctima de la noche. Un hombre que cruzaba el sendero, llevaba consigo lo que parecía un objeto valioso envuelto con un trapo que estaba manchado de un color rojizo similar a la sangre. Sí, no estaba equivocado, era sangre y aquello que cargaba con dolor no era algo material, tenía vida. 

-Eso que cargas y no quieres soltar, ¿qué es? -le dije mientras permanecía oculto en la niebla.

El hombre estaba asustado, temblaba. Estaba aferrado a aquello en sus manos. Cayó al suelo.

-¿Qué quieres ahora? ¿No tuviste suficiente, monstruo?-el hombre se puso a llorar.

-¿Monstruo? No te entiendo, viajero. Crees que soy eso que dices porque no puedes verme en esta niebla. Bueno, dejaré que me veas.

-No te me acerques. -sacó de su bolsillo un crucifijo-¡Atrás!, ¡atrás demonio!

El crucifijo que tenía se le cayó de tanto que temblaba. No recuerdo bien si sentí algo al ver eso. Yo era católico cuando fui mortal. Lo cierto es que atravesé la niebla y me acerqué a él, tomé lo que escondía en esos trapos y no pude creer lo que mis manos tocaron.

-Lo que escondes, tuvo vida alguna vez. Lo sé. Pero no fui yo quien lo hizo. Fue otro igual a mí. ¡Dímelo!

-Mi hijo, era mi hijo. Apenas era un bebé y lo mató. -sucumbió en llanto. El pobre hombre perdió lo que más amaba. 

-¿Querías a tú hijo?

-Por supuesto que sí lo quería. Mucho. Mi esposa también....

-¿Qué le pasó a tú esposa? No me digas que ella también murió.

Ya no podía decir una sola palabra. Su mente y su cuerpo se encontraban entregados a la muerte. De rodillas, me súplicaba que lo mate. Y eso fue lo que hice. Me alimenté de su sangre y di fin a su sufrimiento. Sólo una cosa pasaba por mi mente. Encontrar a Lourdes y a la dama misteriosa.

Mientras extraía la vida del lánguido y triste viajero, una voz susurrante llegó a mis oídos. 

-Lo has hecho bien, esposo mío. Pero nuestra hija no es consciente de sus poderes vampíricos. Debes buscarla y detenerla. Hazlo, Darren!!!

Esa voz. Me resultó tan familiar. La dama misteriosa me habló en mis pensamientos  y pronunció mi nombre. Dijo mi nombre: Darren. Soy Darren. El vampiro Darren.