La Batalla de las Mil Noches: Luz y Oscuridad - Mortalidad e Inmortalidad

jueves, 14 de junio de 2012

Sangres Gemelas II


Clara
Ocurrió hace mucho tiempo. Cierta noche, cuando Gabriel recorría las calles de París en busca de alguna joven víctima, hubo una que le llamó la atención. No se trataba de la prostituta que se le insinuaba acariciándose sus pechos a su derecha, ni el borracho que tambaleaba de un lado al otro a su izquierda o el niño ciego que estaba sentado sobre la acera a unos pasos de él. Sino que fue una niña cosiendo su vestido roto a través de la ventana de su casa lo que detuvo la marcha del vampiro.

Tal vez no parezca extraño. Pero el hecho estuvo en que aquella jovencita lo cautivó de inmediato. Habría tenido como unos trece años apróximadamente. Rubia y de tez muy fina, con ojos de color verde y en la flor de la inocencia.

-¡Clara, hija mía! Deja ese vestido y vete a la cama. Ya es muy tarde.-se escuchaba de fondo la voz de la madre.

-¡Ya voy mamá! Sólo quiero terminar de coser el vestido que me rompió mi hermana. Te prometo que apenas termine, me voy a la cama.

Mientras la niña permanecía ocupada en lo que hacía. Un ventarrón abrió las persianas de la habitación. Clara se asustó y se cortó con la aguja. Y detrás de ella apareció el vampiro que hace unos momentos la miraba desde afuera.

-¡Clara, así te llamas!-con voz susurrante-Permíteme que te cure esa herida. No temas. Sólo soy un amigo.

Permaneció inmóvil y con el rostro empalidecido por el miedo. La criatura tomó su mano y empezó a beber del lugar de donde brotaba la sangre.

-¡Auh! Mi dedo...me duele. ¿Quién eres?

-Ya te lo dije. Soy un amigo. Me llamo Gabriel.

-¿Sólo Gabriel?

-Gabriel Lestrat. Y soy un vampiro.

Dejó de beber la sangre de la herida de su dedo. Le agarró desde la cintura hasta la cabeza y le mordió en el cuello. La niña lanzó un grito con todas sus fuerzas. La madre entró al cuarto y tal fue su sorpresa al ver que su hija era elevada  hacia el techo por aquel demonio. Entonces Gabriel la dejó caer lánguida en sus brazos.

-Déjeme decirle que pienso llevar a su hija conmigo. Pero no ahora, sino dentro de unos años. Cuando su cuerpo y mente de mujer estén completas. Su sangre me ha alimentado bien. Y ya tiene mi marca, por lo tanto ella no será de ningún hombre o de otro de mi especie. Sólo su hija Clara sabe quién soy y qué soy. Si usted le pregunta algo sobre mí, dese por muerta y a toda su familia. 

-¿Para que la quiere, señor? Clara es una niña buena y pura...

-La quiero para mi esposa. Para no estar sólo en este mundo maldito y lleno de hipócritas. Hará lo que le ordené. No le preguntará nada de lo que pasó esta noche. Negará que otros hombres la cortejen. Y cuando sea el momento, vendré por ella.

La mujer se puso a llorar del terror que Gabriel imponía en sus palabras. Pensar que su propia hija sería vendida a un demonio es algo abominable. El vampiro la colocó sobre la cama. Clara permanecía dormida con la marca en su cuello del cual aún fluía un poco de sangre. El cual desapareció una vez que él la tocó por última vez.

-¿Porqué hace esto? ¿Qué mal hicimos para merecer esto? -la madre se arrodilló delante de Gabriel pidiendo clemencia- Misericordia, no haga eso. No se la quiera llevar de mí.

-Yo hago lo que se me plazca. Debe sentirse feliz de que ella será hermosa y joven para siempre. La elegí porque tiene algo que las demás a quienes he matado luego de beber de ellas no tienen. Después de todo ya le revelé a su hija mi secreto y según nuestras leyes, ella no puede permanecer con vida luego de escucharlo. Por esa razón, no pienso decirle nada más a usted o tendría que matarla ahora mismo y así no me serviría para cuidarla.

La madre tomó una tijera que estaba en el cajón de un mueble cercano. Lo clavó contra el pecho del vampiro. Y éste la empujó a un costado.

- Dios te castigará por esto. ¡Lárgate demonio!

-¡Dios ya me castigo haciéndome lo que soy! No la molestaré más pero regresaré por ella. Y no piense que podrán escapar a un lugar lejos, porque las encontraré. Ya debo irme, me están esperando.

Gabriel desapareció. La niña despertó a la mañana siguiente y no recordó nada de lo sucedido. Los años transcurrieron y Clara ya se había vuelto toda una mujer. Durante todo ese tiempo, aquel vampiro no volvió a pisar suelo francés.





domingo, 27 de mayo de 2012

Sangres Gemelas

He aquí la historia de dos hermanos: Alyster Lestrat y Gabriel Lestrat. Gemelos de sangre y en apariencia. Pero muy distintos a la vez. Lo han compartido todo. Desde bellas mujeres hasta los más horrendos crímenes que uno pueda imaginar. Además, el hecho más significativo de todo es que ambos son vampiros.

Alyster Lestrat y Gabriel Lestrat

 Siglo XVIII

Venecia, la ciudadela de los carnavales, es sin duda alguna el coto de caza preferido de éstos dos seres hermosos y maléficos. Con máscaras se infiltran con total naturalidad en los bailes y cuando ven a una joven, la envuelven en sus encantos para luego llevarlas a algún sitio oscuro e incrustarle así sus afilados colmillos. Beben su líquido vital hasta el punto de fallecer y con una fuerza de bestias, le rompen el cuello. Son dos asesinos de los cuales es mejor no cruzarse en su camino.
                                                               
-Alyster, es la sexta muchacha que matamos hoy. Deberíamos disminuir el número de víctimas por ésta noche. Los venecianos pueden empezar a sospechar.

-Gabriel, hermano mío. ¿No sé a qué le temes? Somos vampiros. Por sobre todo, inmortales. No sé porque te preocupas. Nadie nos puede hacer algo. Y si lo intentasen, lo mataríamos y asunto arreglado.

Alyster es el hermano gemelo mayor de Gabriel. De naturaleza perversa y ambiciosa. Es de carácter frívolo, lujurioso, impulsivo y temperamental pero muy ingenioso. Mientras que Gabriel es totalmente lo contrario. Es tranquilo la mayor parte del tiempo pero tiende a preocuparse demasiado. Siente una especie de aprecio hacia la vida humana, por más que termine con ella. Ambos son como dos gotas de agua, sin embargo sus personalidades son muy diferentes. Nadie creería que son hermanos si no fuese por el parecido que tienen.

Mientras Gabriel escondía el cuerpo de la joven. A pocos pasos un guardia de la armada hace su recorrido. Alyster no parece satisfecho. Por lo que le ordena a su hermano a que se haga cargo del hombre. Pero Gabriel se niega a hacerlo.

-No lo haré, Alyster. Ya tenemos suficiente. Deberíamos marcharnos y regresar a la finca antes que amanezca.

Alyster se enfada con él y lo toma del saco. Lo aprieta contra el muro con su fuerza sobrehumana.

- ¿No piensas obedecer a tú hermano mayor? ¿Eh? - los ojos de Alyster brillan como las de un demonio- Yo diré hasta cuando pararemos.

Entonces Gabriel reacciona con todas sus fuerzas y lo empuja mandándolo a volar a unos metros.

- No vuelvas a tocarme ni a darme órdenes, imbécil. O te destrozaré.

- ¡Vaya!-reincorporándose con una sonrisa sarcástica- Mira con lo que me saliste, hermanito. Esta en nuestra naturaleza matar al débil. ¿Qué no lo entiendes, Gabriel? ¡Somos dioses y la noche es nuestra!

- ¿Y a costa de cuantas vidas más? No basta con que nos hayamos alimentado de seis mujeres en la fiesta para luego hacer lo mismo con un guardia que está realizando su labor. ¡Que poco aprecias la vida de los demás y de los que matas, Alyster!

Aquello dejó perplejo al vampiro sediento por seguir matando. El guardia ya llegó junto a ellos. Les preguntó que hacían en la oscuridad y porque no estaban en el baile de máscaras del Conde Dí Boggino. Ambos no dijeron nada, solo se colocaron sus máscaras e hicieron el ademán de inclinar la cabeza. Rápidamente, uno de ellos se percató de que el hombre estaba viendo el cuerpo de la joven muerta tirada en el callejón y apareció detrás de él clavándole un cuchillo en el corazón.

-Gabriel, me hablas de apreciar la vida y eres quien mata a este hombre. -con tono de sarcasmo- ¡Me fascina la moralidad que profesas!

-Vio a la mujer que acabamos de mandar al otro mundo. No podemos dejar que nos delate. ¿No es así?

- Cierto. Pero para la próxima no uses un arma. Eso es de los fracasados mortales. Con apretarle el cuello ya bastaba. ¡Bien, debemos regresar al baile! Solo una mujer más y ya doy por finalizada la cacería por ésta noche.  ¿Vienes? ¡Oh!, prefieres deshacerte del cuerpo. Me parece bien, solo que no demores demasiado.

Gabriel es uno de esos vampiros que cargan la culpa en su conciencia y sienten remordimiento trás acabar con la vida de un mortal. No por eso es más débil que su hermano o que cualquier otro de su especie. A todo esto cabe mencionar un listado de vampiros a quien él había dado fin con sus propias manos. Por mucho, peor en maldad que el mismo Alyster. Sin embargo, hubo una muerte que cambió su forma de pensar. Y eso ha sido su mayor tormento desde entonces.





    



  

viernes, 27 de abril de 2012

La Dama Misteriosa XIII

Los vampiros Darren y Lourdes en la Torre Negra

De alguna manera, Lourdes me recordaba a la mujer que yo amaba cuando era mortal. Por un momento no veía al ser demoníaco que había creado sino a la joven a quien hace unos meses atrás le prometí amor eterno. ¡Qué estúpido! ¿Por qué el hombre siempre promete lo que no puede cumplir? Además, ¿por qué veía a Anna en Lourdes? Ambas eran completamente distintas. Las conocí y las vi morir a cada una en circunstancias desiguales. Una murió amándome y la otra, odiándome cuando empecé a ejercer recién los poderes de las sombras.

Lourdes parecía ensimismada en sus propios pensamientos. Permaneció callada durante un largo rato al igual que yo. No podía leer su mente por más que quise. Llevé mis brazos hacía ella y también la abracé, quizás no de la misma forma, pues tenía mis dudas. Pensé que tal vez se tratase de una trampa. Aprovecharía un estado de debilidad mía para clavarme sus colmillos o desgarrarme el corazón. Pero no fue así. Después de estar en silencio por un buen tiempo y sin soltarnos el uno del otro, Lourdes me pidió un favor. Quería que le trajera de vuelta a su hermano Louis. No como humano, sino como vampiro.

- Eres el único que puede devolverme a mi hermano. Hazlo y seré tuya. ¿No es eso lo que quieres?

- No sabes lo que estas pidiendo. Además, no puedo hacerlo con un cuerpo que ya lleva muerto más de tres días. Cuando te hice no habías muerto todavía.

- ¿Cómo me hiciste? - Lourdes se apartó de mí y sus ojos estaban llenos de ira-¿Me mataste como lo hacen los tuyos? Me mordiste, bebiste de mi sangre y luego. . .

- Luego te di de beber de mi sangre.

Cuando le dije que fue mi sangre la que la transformó, su rostro cambió. Parecía contener un odio tremendo hacía mí, estaba lista para atacarme, sin embargo me percaté que se contenía en hacerlo. Continué.

-No sé porque lo hice. Tal vez porque te pareces mucho a Anna, una mujer que fue mi prometida y a quien amé más que a mi propia vida. Debo confesarte que tú fuiste la primera mortal de quién me alimente. Yo también fui procreado. Perdiste mucha sangre, estabas a punto de morir y en eso, escucho la voz de la que me hizo vampiro. Me dijo que te diera de beber de mi sangre y sólo así te salvaría. El resto es como sigue. Si hay alguien a quien debes odiar, es a mí. Yo te convertí para no estar sólo, para tener a alguien a mi lado. Soy el único culpable de que seas lo que eres ahora y de que hayas matado a esas personas  inocentes en el bosque, incluyendo a tú propio hermano.

Lourdes estalló en cólera, lanzó un gritó estridente que abarcó toda la habitación. Los cristales de las ventanas de la torre negra se agrietaron. Un viento fuerte sopló por todo el lugar. Ella caminó hasta donde se encontraba una cama de esas de terciopelo antiguo, se colocó allí en dónde noté que había algo cubierto por una sábana blanca. Aquello expedía un olor a cadáver y humedad. Recuerdo que no solía usarla, pues mi naturaleza de vampiro me obligaba a dormir en féretros, por eso casi no me extrañó que hubiera algo, ya que aquello era para mí como una mera decoración del cuarto. En un arrebato reveló el cuerpo de Louis que había sido removido de su tumba.

- Desenterré y traje el cuerpo de mi hermano Louis porque tenía esperanzas de que lo hicieras como yo. Por lo visto fue en vano. Ya no me sirve.

-¿Qué harás con ese cuerpo?

- Lo qué tenía pensado hacer para poner fin a todo esto. Los Westraat somos también una familia de cazadores, así que sé como acabar con los tuyos o mejor dicho, con los nuestros.

Tomó el brazo del difunto y empezó a beber de la sangre muerta. El rostro de Lourdes se tornó de un color grisáceo bastante fuerte, su cuerpo parecía encogerte y su cabello iba perdiendo su brillo de una manera acelerada. Pronto todo su aspecto cambió.

- ¿Así es como piensas terminar con tú existencia? Utilizas el cadáver de tu hermano muerto para quitarte esa vida nueva que yo te he dado. ¡Qué bajo has caído! ¡Suéltalo! Puedo ver en tus ojos aún ese deseo de beber sangre viva.

Extendí mi brazo, me hice un corte en las venas y ella se detuvo. Tenía la cara demacrada. En un abrir y cerrar de ojos, se arrojó hacia mí y comenzó a beber de mi sangre. Sentía una excitación tan grande que fue capaz de generar un sonido que sólo los vampiros podemos entender. Entonces la vi. Quizás atraída por ese sonido infernal, la dama misteriosa se presentó ante nosotros.













lunes, 2 de abril de 2012

La Dama Misteriosa XII

Hacía varias noches que fuí convertido y lo único que sabía de la vampira que me transformó, provenía de boca de los pobladores de la región. La llamaban la dama misteriosa. Cuyo nombre le sentaba muy bien. Fue así como se presentó ante mí, en una mañana nublada y solitaria. Me dijo que calmaría mi dolor y me daría la oportunidad de vencer a la muerte, además de ser suyo para toda la eternidad.

 Apenas escuchamos el paso de personas acercándose y vimos sus sombras en las paredes con sus antorchas y palas en mano, nos dispersamos. Yo me escondí sigilosamente en la oscuridad de un callejón, mientras ella ya había desaparecido totalmente de mi vista. Aquellos que llegaron al lugar quedaron aterrados al ver el cuerpo de Frederick, casi sin vida. Entre ellos estaba Edward, quien se encargo de apaciguar el pánico en los hombres.

- Mantengamos la calma. Aún está vivo. Debemos cargarlo y llevarlo a la casa de los Westraat. ¡Rápido, ayúdenme!-lo cargó en sus brazos y con la ayuda de los otros hombres lo pusieron en una carreta que transportaba paja. Estando ahí con él observaron unas marcas en su cuello. Lo cual volvió a alterarlos.

-¡Esas marcas en su cuello indican que fue atacado por un vampiro!-dijo uno.

-¡Tiene la marca del demonio! Tenemos que matarlo ahora antes de que se convierta en uno de ellos y nos mate  a todos.-dijo otro.

Edward no dejó que nadie le hiciera algo. De hecho se mantuvo firme en su posición de llevarlo a otro sitio, en dónde se recuperara pronto. De inmediato, se colocó a su lado y le ordenó al conductor que se pusiera en marcha. Recibió varios golpes por parte de esos hombres, que en su desesperación, lo acusaban a él de ayudar al mal. Pése a ser un tipo arrogante y que no me caía nada bien, demostró ser un buen amigo al salvarlo de aquellos que querían quemarlo.

Después de mi primer encuentro con Lourdes, decidí que era momento de continuar con mi búsqueda de la dama misteriosa. 

-Tal vez ella me aclare algunas dudas. Por sobre todo, porque me eligió a mí. Hay tantas cosas e incógnitas que quiero saber sobre los vampiros. ¿Quienes somos?, ¿qué somos?, ¿porque somos capaces de quitar la vida a un mortal y dársela otra nueva? ¿Somos eternos por completo o sólo en parte?

Esas interrogantes y otras más circulaban por mi mente la noche siguiente, la siguiente y la siguiente. Y fue en una de esas, cuando estaba en mi torre, que recibí la visita de Lourdes. No me lo esperaba.

Vestida con un corsé que resaltaba esos bellos atributos llamados senos. Con el hombro y el cuello al descubierto y con una actitud libidinosa que excitaría a cualquier mortal que se encontrase con ella, sin saber el sangriento destino que le deparase al ser víctima de su beso fatal. Tenía el pelo brillante, los ojos vivos, la cutis blanca, los labios rojos. Era la mujer, la mejor obra de la creación en toda la plenitud de su juventud y belleza quien se acercaba cada vez más a mí. 

-¿Cómo me encontraste? No cabe duda de que te has alimentado bien antes de venir aquí. ¿Quieres que peleemos como la última vez? Ya veo. Te hiciste más fuerte para desafiarme y acabar conmigo. Ya que no pude hacerlo yo, tal vez tú lo hagas conmigo ahora...

Lourdes hizo algo que me sorprendió bastante. Extendió sus brazos y arrojándose hacia mí, me abrazó fuertemente. La última vez que recibí un abrazo así, con esa intensidad, fue de mi Anna, antes de que la muerte me la arrebatase de mi lado.




  






lunes, 26 de marzo de 2012

La Dama Misteriosa XI


La noche la trajo hasta mí. O mejor dicho, fue ella quien trajo la noche hasta mí. Tenía muchas cosas que preguntarle. Por sobre todo, ¿por qué huía de mí? En cuanto intenté acercarme, desapareció. ¿Acaso se trataba de una visión? No, era Lourdes, la joven a quien yo había iniciado en el vampirismo en contra de su voluntad.

Antes de que se marchase como una figura fantasmagórica, logré leer su mente. Fue durante unos segundos. Lo suficiente para saber dónde la hallaría después. Y mientras caminaba por la plazoleta, pude ver dos siluetas cerca de la fuente. Una de ellas le sujetaba a la otra del cuello. Ahí pude ver esos colmillos puntiagudos que caracterizan a los nuestros. Aquella escena me hizo sentir deseos de beber sangre humana. Entonces arremetí con tanta fuerza contra la criatura que se estaba alimentando, lanzándola a unos metros. Inmediatamente, reconocí al joven que estaba siendo atacado por aquel vampiro. 

Frederick, el joven que me había confesado su amor por Lourdes en aquella taberna, yacía desangrado en el suelo. La hemorragia ya estaba en su punto más alto. La muerte venía por él. No quería dejarlo morir, pero tampoco tenía deseos de convertirlo en uno de nosotros. Ya con ella me bastaba.

- ¿Vas a dejarlo morir? -me dijo una voz estertórea y susurrante detrás mío.

-Es joven e ingenuo. Me recuerda a mí. No quiero que muera. Pero tampoco quiero convertirlo en una bestia como tú, Lourdes.

Me dí la vuelta y la miré directo a los ojos. Estaban llenos de odio. Un odio hacia mí por haberla transformado en eso que ella detestaba. 

-¡Mira en lo que me has convertido! Ahora tengo que matar y alimentarme de la sangre de los que amo. Te odio, maldito.

Ella se abalanzó hacía mí como una fiera. Me hizo una cortadura en el rostro con una de sus garras que cicatrizó rápidamente. La sujeté del brazo y la volví a lanzar, pero esta vez cayó en la fuente. Tenía una rapidez sorprendente, pues apenas se reincorporó, me atacó de nuevo. Nuestra batalla fue tan intensa, que cuando ella logró clavar sus colmillos en mi cuello, le despojé de la capa negra que llevaba puesta y vi las marcas en su cuello. Eso me trajo a la memoria el momento en que la procreé. La pelea entre dos malditos inmortales, porque eso es lo que somos, es algo difícil de describir. Los movimientos son más veloces y las fuerzas casi iguales. 


Finalmente, logré sostenerla y arrojarla al suelo con una tremenda furia que no creí poseer en esa situación. Mis ojos estallaban en cólera. El rostro del mismo demonio se dibujó en mí.

-Acaba conmigo de una vez. Y termina con este sufrimiento mío y tuyo. Ella te lo ordeno, ¿no es así?

Me lo dijo mientras permanecía inmóvil. Mis ojos que habían tomado un color rojo incandescente cambiaron a uno menos agresivo. Me calmé.

-¿A quién te refieres? -le pregunté a medida que la soltaba. Ya me encontraba más tranquilo.

-Aquella a quién llamas, tú dama misteriosa.

Mi dama misteriosa. La que inició todo esto. La que cambió mi vida y me hizo un vampiro. Es a ella a quien debía obediencia. Y su orden fue que me deshiciera de Lourdes. No lo hice.







jueves, 26 de enero de 2012

Vampiros Femeninos

A lo largo de los tiempos y en numerosas culturas, la creencia en vampiros se ha hecho presente. Se dice que su verdadero poder radica en que nadie cree en ellos. Seres que se alimentan de la sangre de los vivos para sobrevivir y bestias que tienen la habilidad de adquirir formas humanas. Y entre ellas, está la femenina.

Hermosas, voluptuosas, sensuales y encantadoras. Pero también aterradoras, poderosas y excitantes.

Lord Drácoel les presenta un material proveniente del reino de las sombras sobre 25 vampiros femeninos. Disfrútenlo.




domingo, 8 de enero de 2012

La Dama Misteriosa X

La busqué durante las tres noches siguientes. Nadie en el pueblo la había visto. Recorrí los callejones, bares y burdeles. E incluso solía visitar la tumba de Louis cada tanto por si Lourdes se apareciese allí. En éste último lugar, recuerdo haber sentido la sensación de que alguien me observaba. 

Apenas me levanté de mi féretro, dejé la torre y me dirigí al pueblo. Aquella noche me alimenté de una jovencita vendedora de flores. Era tan hermosa, rubia y de ojos claros, que no pude resistirme. Habría tenido como unos dieciséis años, más o menos. Una vez satisfecho, hice lo que todo poseedor del don oscuro debe hacer: matar a su víctima para que ésta no revele lo ocurrido, ni diga a otros que fue atacada por un vampiro. Pues según las reglas arcanas de los vampiros, ningún mortal que es mordido por uno de los nuestros, aunque sea solamente con el fin de saciar la sed de sangre con unas pequeñas gotas, debe sobrevivir. Ya que se corre el riesgo de ser descubiertos.

La dama misteriosa me había dicho que tuviera cuidado cuando eligiera a mi presa y bebiera de su sangre. Por nada del mundo debía dejar a una con vida, salvo que desease convertirla en uno de nosotros, con las de la ley de los vampiros.

Una vez que terminé de alimentarme y deshacerme de la muchacha, decidí empezar mi búsqueda. Me sentía como un padre desesperado, buscando a su hija perdida.  En cierta parte, así lo era.  No tuve éxito.  La siguiente noche, tampoco. Entonces entré a un burdel y le pregunté a los jóvenes mozos que acudían a la casa de citas si vieron a una mujer joven, de cabello castaño, largo y lacio y con el rostro parecido a un ángel.

-Aquí todas tienen el rostro de un ángel. Y no solamente eso la tienen como un ángel. Créeme. De hecho, esto es el paraíso. ¡Estamos en el cielo!

Fue la respuesta de uno de ellos. Y hubo otro, un hombre mayor que también me respondió, mientras ponía sus manos sobre los pechos de una de las cortesanas. Luego las apretó con la intención de que yo también me uniera a su orgía.

-¡Aquí tienes buenos y enormes pechos de un ángel, muchacho! ¿Por qué no eliges a una? Tienes varios moldes y tamaños para elegir aquí. Sino, puedes unirte con nosotros. ¿No lo crees así, amor?

-Me parece una gran idea. Aunque pensándolo bien. Tú eres más atractivo que éste que ha pagado ya por mis servicios. –la mujer se acercaba cada vez más a mí,  con sus pechos abiertos y pasándose sus manos sobre ellos para seducirme-Tal vez tengas más monedas de las que él me dio. ¿Por qué no me tomas y dejamos a éste ebrio con las feas? Vamos a la habitación.

 Era la primera vez que una mujer me proponía para fornicar con ella. Una lástima que mi nueva naturaleza me lo impedía, en parte, pues no quería que en pleno acto, mis ansias por matar y beber de su sangre aparecieran. Le tuve que decir que no. Tenía que encontrar a Lourdes. Además, sabía que no podía haber ido muy lejos. Tarde o temprano la encontraría.  

Fue hermoso ver a tantas mujeres bellas y voluptuosas en ese lugar. Tenía ganas de elegir a una como amante, pero me abstuve de aquella tonta idea. Mi estadía allí no fue del todo fructífera. Sin embargo; escuché de boca de una de las chicas, un rumor. Decía que vieron a un joven  desaparecer misteriosamente entre la niebla.  Iba paseándose sobre su caballo, normalmente, cuando de pronto, apareció una mujer joven montada sobre otro caballo. Se dice que él la siguió, hasta que ambos se esfumaron como vapor…

Aquel rumor hacía referencia a Frederick, quién el día anterior había recibido una carta, en dónde dicha presencia femenina solicitaba hablar con él, a altas horas de la noche. El muy tonto enamorado acudió a la cita, en el lugar fijado. Lo mismo ocurrió en el día siguiente y en el siguiente.

 Finalmente, pasaron tres noches. Y yo estaba igual que esas noches, clavado a los pies de la tumba del que alguna vez fuera el hermano protector de mi progenie. Como dije antes, sentía que alguien más estaba ahí, vigilándome o asechándome. Esa vez la vi. O quizás, me permitió que la viera. Cubierta con una capa negra que se camuflaba en las sombras, el rostro blanco pero fuerte, los ojos vivos y fijos. Lourdes se presentó ante mí.