La noche la trajo hasta mí. O mejor dicho, fue ella quien trajo la noche hasta mí. Tenía muchas cosas que preguntarle. Por sobre todo, ¿por qué huía de mí? En cuanto intenté acercarme, desapareció. ¿Acaso se trataba de una visión? No, era Lourdes, la joven a quien yo había iniciado en el vampirismo en contra de su voluntad.
Antes de que se marchase como una figura fantasmagórica, logré leer su mente. Fue durante unos segundos. Lo suficiente para saber dónde la hallaría después. Y mientras caminaba por la plazoleta, pude ver dos siluetas cerca de la fuente. Una de ellas le sujetaba a la otra del cuello. Ahí pude ver esos colmillos puntiagudos que caracterizan a los nuestros. Aquella escena me hizo sentir deseos de beber sangre humana. Entonces arremetí con tanta fuerza contra la criatura que se estaba alimentando, lanzándola a unos metros. Inmediatamente, reconocí al joven que estaba siendo atacado por aquel vampiro. Frederick, el joven que me había confesado su amor por Lourdes en aquella taberna, yacía desangrado en el suelo. La hemorragia ya estaba en su punto más alto. La muerte venía por él. No quería dejarlo morir, pero tampoco tenía deseos de convertirlo en uno de nosotros. Ya con ella me bastaba.
- ¿Vas a dejarlo morir? -me dijo una voz estertórea y susurrante detrás mío.
-Es joven e ingenuo. Me recuerda a mí. No quiero que muera. Pero tampoco quiero convertirlo en una bestia como tú, Lourdes.
Me dí la vuelta y la miré directo a los ojos. Estaban llenos de odio. Un odio hacia mí por haberla transformado en eso que ella detestaba.
-¡Mira en lo que me has convertido! Ahora tengo que matar y alimentarme de la sangre de los que amo. Te odio, maldito.
Ella se abalanzó hacía mí como una fiera. Me hizo una cortadura en el rostro con una de sus garras que cicatrizó rápidamente. La sujeté del brazo y la volví a lanzar, pero esta vez cayó en la fuente. Tenía una rapidez sorprendente, pues apenas se reincorporó, me atacó de nuevo. Nuestra batalla fue tan intensa, que cuando ella logró clavar sus colmillos en mi cuello, le despojé de la capa negra que llevaba puesta y vi las marcas en su cuello. Eso me trajo a la memoria el momento en que la procreé. La pelea entre dos malditos inmortales, porque eso es lo que somos, es algo difícil de describir. Los movimientos son más veloces y las fuerzas casi iguales.
Finalmente, logré sostenerla y arrojarla al suelo con una tremenda furia que no creí poseer en esa situación. Mis ojos estallaban en cólera. El rostro del mismo demonio se dibujó en mí.-Acaba conmigo de una vez. Y termina con este sufrimiento mío y tuyo. Ella te lo ordeno, ¿no es así?
Me lo dijo mientras permanecía inmóvil. Mis ojos que habían tomado un color rojo incandescente cambiaron a uno menos agresivo. Me calmé.
-¿A quién te refieres? -le pregunté a medida que la soltaba. Ya me encontraba más tranquilo.
-Aquella a quién llamas, tú dama misteriosa.
Mi dama misteriosa. La que inició todo esto. La que cambió mi vida y me hizo un vampiro. Es a ella a quien debía obediencia. Y su orden fue que me deshiciera de Lourdes. No lo hice.