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| El Ritual Oscuro estaba hecho |
Ya en la finca Alyster le dijo a Gabriel su interés por convertir al Conde Dí Boggino en un vampiro para que pudiera estar a los servicios de éste. De esa forma, se acabaría la vida nómada que llevaban y podrían instalarse en un palacio con todos los lujos durante un cierto tiempo prolongado. Alyster detestaba los sitios lúgubres y abandonados. Prefería la opulencia pero claro, permaneciendo en el anonimato como corresponde.
A Gabriel no le gustaba para nada la idea de su hermano. Incluso le recordó que los vampiros de su clase no pueden procrear.
-Sabes Gabriel, no estaría nada mal convertir al Conde Dí Boggino en uno de los nuestros. Sería un buen vástago, ¿no lo crees? ¿Te imaginas los beneficios que nos traería? Bailes de máscaras, grandes festines con la clase noble y por supuesto, la visita de hermosas mujeres a nuestro palacio. Bah! Es una broma.
-Alyster, me habías dicho en una ocasión que nosotros no podemos procrear. Es decir, nuestra sangre no es como el de los otros vampiros que hemos visto por todo el mundo. No podemos convertir a un mortal.
-No es que no podamos hacerlo. La cuestión es que ningún mortal ha podido sobrevivir más de tres horas luego de beber de nuestra sangre. Un claro ejemplo de ello fue aquella muchacha de quién te obsesionaste tanto y a quién le diste el abrazo. Una pena lo que pasó con Clara.
Aquello encolerizó tanto a Gabriel que hizo que golpeará a su hermano y lo tumbase en el suelo. Luego de eso, desapareció dejando a Alyster con las palabras en la boca.
- Creo que te hice enfadar más de la cuenta, hermano. Como un vampiro de sangre pura no deberías dejar que tus emociones te dominen.
Gabriel tenía ese defecto de ser muy propenso a que sus emociones lo dominasen. Cuando esto sucedía o después de haber tenido una discusión con Alyster, prefería la soledad. Le gustaba recorrer la ciudad en la que se asentaban cada cierto tiempo. Ver a la gente caminar por las calles y leer los pensamientos de cuánto hombre o mujer se cruzase en su andar sin percatarse de que era un vampiro, era quizás lo que más le encantaba hacer cuando no tenía a su dominante hermano mayor cerca. Solía durar de tres a cuatro noches. A veces hasta meses. Pero al final siempre regresaba a lado de Alyster. Después de todo, él era lo único que tenía en el mundo.
En más de una oportunidad, ambos se vieron en la necesidad de tener a alguien más con ellos. Ya sea un sirviente que obedeciera sus órdenes, un discípulo que aprendiera sus oscuros dones de la noche o una bella amante para toda la eternidad. Sin embargo, no hubo mortal alguno que pudiera resistir a la sangre de estos gemelos al recibirlos. El caso de Clara, es el más cercano al que estuvieron de tener a una compañera vampira.
Clara era una bella niña parisina que recibió el beso de Gabriel. Aquello fue hecho con un poder menor para no matarla de inmediato, así que cuando creciera y fuera una mujer, el vampiro pudiese venir a reclamarla como suya. De esa manera, la convertiría en su esposa vampira. Se trataba de un rito antiguo que muy pocos vampiros lo pueden hacer. Al morderla no solo bebía de su sangre, ni tampoco corría el riesgo de morir después, simplemente, le había puesto una maldición para que otro vampiro no la atacase en caso de que se topase con alguno. Le duró siete años, que fue cuando Gabriel regresó por ella y la marca de sus colmillos que había permanecido oculto en su piel, volvió a aparecer.
Luego de raptarla, el vampiro la llevó a lo más alto de la Catedral de Notre Dame. Y fue ahí, en ese preciso lugar, que volvió a incrustar sus colmillos en los orificios que le había hecho años atrás. El grado de éxtasis fue tal, que provocó que Clara se desvanezca al poco rato de ser mordida. Gabriel seguía bebiendo de ella con tanto estupor que la trataba como si fuera una muñeca con quien danzaba de un lado a otro. De pronto, las campanas sonaron. Y eso hizo que el vampiro diese un grito bestial en dirección al cielo oscuro. Vio que Clara estaba en el punto máximo de fallecer y fue entonces, cuando se hizo un corte en el cuello con una de sus puntiagudas uñas, que acercó su dulce boca en dirección a la herida del cual brotaba sangre vampírica. La cual ella la empezó a beber de manera desmesurada.
El ritual oscuro estaba hecho. Y Alyster, en compañía de otras dos criaturas de la noche que permanecían ocultos bajo sus capas negras, fue el espectador sonriente.

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