La Batalla de las Mil Noches: Luz y Oscuridad - Mortalidad e Inmortalidad

martes, 8 de noviembre de 2011

La Dama Misteriosa IV


El ritual de la sangre, así lo llamaba yo. Aquello fue tan excitante, que deseaba que continuara bebiendo de mi sangre y no terminara nunca. Sin embargo, sentía que esa fuerza sobrenatural que poseía, se empezaba a desvanecer, lentamente. Parecía como si me absorbieran toda la vitalidad de mi ser.  Lourdes estaba a punto de dejarme vacío.


- ¡Suéltame!-le dije con voz suave y agonizante. Después con ira- ¡Te he dicho que me sueltes!- la jale del pelo con furia porque percibía la leve sensación de que quería deshacerse de mí de esa manera, chupando toda la sangre que pudiera con lo que le restaba de fuerzas.

Detuve la transferencia de mi sangre vampírica a su ya inútil cuerpo mortal. La dejé caer de mis brazos a la tierra húmeda. Estaba muriendo. Lanzó un grito horrendo. Levantó su mano en dirección a mi rostro. Se retorció y dio su último suspiro de vida. Cerró sus ojos. Y murió.

Espere y espere. Nada. Yacía inmóvil delante de mí. Incluso me coloqué encima suyo mientras la herida que me hice en la muñeca con el propósito de alimentarla, había cicatrizado y desaparecido completamente. Entonces tomé la daga plateada que llevaba escondido en un pañuelo, me corté en un dedo y gotas de sangre caían sobre sus labios. Pero nada; jamás despertó.

Por extraño que parezca sabía que el amanecer estaba cerca. Tal vez por instinto o por inercia empecé a cavar  con mis propias manos una fosa más grande. Fui por unos arbustos, ramas y flores que se encontraban a mí alrededor. Las mezclé con tierra y luego las puse sobre ella, cubriéndola como si fuera un manto mortuorio. Al poco rato, me dispuse a hacer lo mismo. Me acosté a su lado y la veía fijamente sumida en el mundo de los sueños eternos de Morfeo. Aún muerta, su belleza era impecable. La musa de los poetas, la sirena de los marinos y la princesa de los cuentos de hadas, permanecía tiesa en el tétrico silencio de la noche. Ni la muerte había podido arrebatar la hermosura de aquel rostro angelical.

- Bestia...monstruo... demonio. ¿Cómo pude quitarle la vida a una mujer en la flor de su juventud? Tan bella, tan noble, tan llena de sueños, tan...



Y ocurrió eso qué jamás olvidaré. Lloré, lloré y lloré tan amargamente que mis lágrimas no eran comunes, o por lo menos, no igual a las de un mortal. Lloré por la muchacha a quién había matado. Lloré por la vida que dejé atrás. Lloré por aquellos a quienes habría de lastimar. Lloré lágrimas de sangre.


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