Recordé mi nombre, Darren, pero sólo eso. Lo que hice después, fue enterrar al pobre hombre y a su hijo, en aquella fosa que sirvió de escondite para mí y mi hija discípula. Sabía que ella no podía estar lejos. El olor a sangre en el bosque seguía siendo fuerte y fresco. Tenía que encontrarla a como dé lugar.
Había matado sin piedad a una mujer y a un niño recién nacido, mientras el hombre que escapó con el cuerpo sin vida del último, simplemente, prolongó el momento de su muerte hasta encontrarse con el otro monstruo que lo finiquitó. Es extraño, sentía a Lourdes como parte de mí, de hecho, ya era parte de mí. Yo la procreé.
Llegué a un pueblo y entré en lo primero que pensé donde podría averiguar algo: una taberna. Tenía puesto el traje del viajero, con uno de esos sombreros de punta en la cabeza, por lo que podía pasar desapercibido como un mortal más del montón. Vino a mi memoria el detalle de que nunca estuve en este tipo de lugares, pues siempre fui un muchacho enfermizo, débil y al cuidado de otros. Ver a hombres tomar, felices y con buena compañía, me hizo sentir que mi vida anterior fue de lo más aburrido. Sin embargo; no estaba más para esas cosas. Mi nueva vida, si es que se le puede llamar así, me exigía otro tipo de vicio: la sangre.Me acerqué a la mesa dónde se hallaba uno de esos tres hombres que estaban en el bosque buscando desesperadamente a la muchacha. Se trataba del más joven, Frederick. Parecía un sujeto muy tímido, de esos que le cuesta expresar lo que siente. Todo el tiempo se mostró muy amable, atento a mis preguntas y presto a facilitarme toda la información que necesitaba. No fue difícil descubrir que siempre estuvo enamorado de Lourdes, lo leí en su mente.
-No bebes como el resto de los que están aquí.
-Yo no tomo. Ni sé porque estoy aquí. Creí que me haría bien venir a éste lugar.-dijo Frederick con lágrimas en los ojos.
-Veo que te estoy molestando. Me retiro entonces.
-No. No me hagas caso. Por cierto, ¿quién eres? Tú no tomas tampoco. No soy el único por lo visto.-El chico recuperó la sonrisa en su rostro.
Le dije que quería saber todo lo relacionado con la muchacha que desapareció, la que el amaba en secreto, las historias sobre una dama vestida de negro que se rumorea merodea el bosque y mata a todos los que cruzan el sendero. No respondí quien era. La charla que tuvimos fue sobre su vida, que desde niño siempre estuvo apegado a Lourdes, pero que cuando apareció Edward todo cambió. En eso, viene entrando él a la taberna anunciando en voz alta la noticia que hizo que mi presencia en ese sitio no haya sido en vano:
-¡Ha vuelto! Lourdes, mi prometida regresó. Sana y salva. ¡Hombre, sirve el mejor vino para todos, la cuenta va por mí!
-Es Edward. No puedo creerlo, Lourdes volvió. Tengo que ir a verla.
Frederick se acercó a Edward. Por lo que alcance a escuchar, ella estaba bien. Lo encontró en las afueras del pueblo y ahora estaba descansando en su casa. Mi oportunidad llegó. Sólo tenía que seguir a los dos jóvenes hasta su recinto particular.
-Ven Edward. Hay un sujeto que quiero que conozcas, estuvo preguntando sobre Lourdes todo el tiempo. No sé quién es. Tal vez lo conozcas. Se fue. Ya no está.Apenas oí a Frederick decir eso, desaparecí. Ya tenía lo que vine a buscar. Era cuestión de tiempo para encontrarla. Estaba afuera de la taberna, cerca de los caballos, esperando a los dos a que salieran para poder seguirlos. Cuando de pronto, apareció delante de mí. La dama misteriosa se acercó, me acarició el rostro y me besó en los labios.
-Eres tú. La que me convirtió en esto. Necesito que...
Puso un dedo en mis labios para que no hablase. Y dijo lo siguiente:
-Darren, esposo mío. Destrúyela, destruye a Lourdes. Y nos iremos de aquí sólo los dos. Sólos. Te prometo que no te abandonaré. -Y me besó nuevamente.
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